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EL ORIGEN DE LA CONCIENCIA INDIVIDUAL

Dr. Carlos Martínez- Bouquet

El Origen de la Conciencia Individual

Fue un distanciamiento entre sujeto y objeto lo que llevó progresivamente al pensamiento conceptual y a la conciencia de ser individuos.

Primero fue la diferenciación mayor entre los afectos por un lado y la percepción mediante los sentidos corporales, por el otro, lo que dio origen a la instalación de dos posiciones en el mundo interno: por un lado, a) aquella conciencia que prevalecía en la calidez amorosa de las escenas tribales, con fuertes y vivificantes afectos, en la aldea, en el círculo de las chozas o en las malocas y, por el otro lado, b) la posición propia del áspero apartamiento que se producía en los momentos de caza o en las exploraciones, que los hombres realizaban. La caza y la conquista – a las que iban los hombres – han sido escuelas de distanciamiento y de incremento de la agudeza de percepción. Esto se transmitía de algún modo, un poco más tarde, a las mujeres; y en las prácticas educativas y como modelos imitables, a los niños. 

La progresiva separación que el ser humano aprendió a tener de sus compañeros de tribu   – y a continuación, de los objetos – lo llevó a reconocer diferencias entre dos tipos de vivencias. Pudo separar como perteneciendo a categorías diferentes: a) los sentimientos de b) lo que le llegaba por los sentidos corporales, lo que era visible. Muy importante progreso.

Más tarde pudo diferenciar con más precisión lo que eran imágenes del recuerdo de lo que era una visión actual. Y, más tarde aún, comenzaron a aparecer símbolos de esas imágenes, los pensamientos discursivos.

Así, ubicados a lo lejos, los pensamientos, como poco antes las imágenes, ya no confundían, podían ser bien diferenciados; dejaron de ser peligrosos. Sólo que había que estar alerta. Fue un logro enorme poder diferenciar los pensamientos (que venían desde “adentro”) de los estímulos sensibles, perceptibles (que fueron organizados como viniendo de “afuera”). Así “se creó” el espacio. Y luego se llegó a reconocer en él un lugar donde estaba el yo: empezó a existir la conciencia de individuo.

Este proceso tomó milenios. El ser humano inauguró su estancia en esa “terra incógnita”, el mundo “pauci-dimensional”, el de la abstracción, hecho de leves formas fantasmales: el espacio, los objetos, el discurso. Sólo que – como contrapartida – el empecinamiento y la obstinación heroica de este animal idealista, que somos los humanos, produjo una fascinación muy desproporcionada (aunque gloriosa): llegamos a creer que lo verdadero era lo más lejano: las sutiles abstracciones, los materiales despojados, pasibles de ser vistos o, mejor todavía, sólo pensados. Y con ellos fue posible construir concepciones del mundo; y llegamos a considerar que esas construcciones abstractas eran “la realidad”. 

Los milenios han pasado y algunos de nosotros iniciamos apenas el retorno desde ese mundo abstracto; volvemos fascinados por todo lo que hemos aprendido. Empezamos a dirigirnos hacia las zonas cálidas de la maloca, caminando hacia el centro del mandala, retomando otra vez la sintonía que compromete más, las emociones, la que nos lleva a acrecentar la proximidad sujeto / objeto. Estamos en el preciso momento en que las dos corrientes se arremolinan.

Mientras tanto, la dinámica de abstracción y alejamiento perdura en nosotros y sigue produciendo sus efectos. La familia nuclear tradicional – mínimo reducto donde subsistía y se refugiaba el calor de la proximidad  –  ha perdido parte de su vigencia. El ritual que reunía para el almuerzo y la cena al padre, la madre y los hijos, se celebra ya muy poco. Los mayores, como la sociedad toda, están desorientados, y grupos de jóvenes ensayan novedades culturales para llenar el vacío que resulta de no tener en la generación precedente una firme y convencida guía, para trasmitir la ansiada sabiduría de la especie, que está ausente.
El elemento de valor seguro que poseen estas reuniones de los jóvenes es el encuentro. Ese encuentro de iguales sin un falso conocedor de la verdad   tratando vanamente de estructurar la relación para reproducir anacrónicamente la perdida relación sometedor / sometido.

La vieja cultura está podrida y asistimos a su horroroso y caótico final, como vemos todos los días en los periódicos y, particularmente, en las relaciones internacionales. No hay que gastar energías tratando de revivirla, está condenada. Hay que favorecer su muerte piadosa, lo más indolora que sea posible, y alentar las estructuras y dinámicas nuevas que se están gestando. La nueva cultura, que habrá de remplazarla, está todavía en estado embrionario (tercera etapa del proceso de la creación); núcleos de organización, esbozos de órganos, irán produciendo, en forma en gran parte independiente unos de otros, los órganos que, en las etapas siguientes confluirán en una totalidad, un organismo nuevo.

Maloca: casa habitación donde se alojaban los miembros de una tribu indígena.

Referencia al padre despótico o simplemente al anacrónico que trata de volver a imponer la escena sometedor / sometido en la relación con sus hijos, o del “macho”, que lo intenta en la relación con la mujer.

 

 

 
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